SAGVNTVM: el puerto y la ciudad

«Cuando ésta salió al peristilo, abarcó con una mirada amorosa el mar, cubierto de espumas; el puerto, brillante como un triple espejo; el verde e inmenso valle, la lejana Sagunto, que tomaba un tinte de oro bajo los primeros rayos del sol…»

 

Vistas del mar Mediterráneo desde el Grau Vell de Sagunto

El Mediterráneo desde el Grau Vell de Sagunto

 

Así amanece un nuevo día para Sonnica, la protagonista de la novela de Blasco Ibáñez Sonnica la Cortesana (1901), al salir del templo de Afrodita en el puerto de la antigua Sagunto. El escritor valenciano imaginaba una ciudad opulenta y alegre, un fértil agro cuajado de villas y un puerto cosmopolita, cobijo de viajeros procedentes de todo el Mediterráneo.

Pero poco queda ya de ese esplendor. Cuando una recorre el Grau Vell de Sagunto, no puede dejar de sentirse decepcionado al ver cómo los restos de ese puerto, conocidos gracias a las excavaciones realizadas desde los años 80, permanecen completamente olvidados, enjaulados tras una valla y cubiertos por la vegetación.

Aún así, hay algo especial en ese lugar. El Grau Vell es como una isla, un pequeño soplo de mediterraneidad que te encierra en un halo de nostalgia. Apenas cuatro casas encaladas, una ermita y una torre. Allí es inevitable imaginar y reconstruir, inventar naves mercantes derramándose por el golfo.

Delante, el mar en toda su inmensidad. Y detrás, la Marjal dels Moros, otro pequeño regalo de la naturaleza. Y, un poco más atrás, imponente, el castillo de Sagunto, siempre visible desde la costa. El puerto y la ciudad, una dualidad que se ha mantenido a lo largo de más de dos milenios.

 

Vistas de la Marjal dels Moros de Sagunto y del castillo

La Marjal dels Moros y, al fondo, el castillo de Sagunto

 

«La cadena de montes oscuros, cubiertos de pinos y matorrales, extendíase en gigantesco semicírculo frente al mar, cerrando el fértil valle del agro saguntino, con sus blancas villas, sus torres campestres y sus aldeas medio ocultas entre las masas verdes de los campos cultivados»… sigue relatando Blasco Ibáñez para llegar, así, a la monumental Sagunto.

La Arse ibérica, la Saguntum romana, la Murviter árabe, la Morvedre cristiana y la Sagunto contemporánea. Que se recuperara el nombre de Sagunto en el siglo XIX y se dejara de lado Morvedre o Murviedro no fue nada casual. Tenía demasiado peso en el imaginario occidental. De Saguntum hablaban los autores romanos, ensalzando su heroica resistencia frente a las tropas de Aníbal –sí, el de los elefantes– y la hazaña se transmitió durante siglos hasta que en 1868 se decidió recuperar su antiguo nombre, pues suponía dotar a la ciudad de un prestigio milenario.

Y la verdad es que Sagunto impone. Da igual que sea un clásico de las excursiones escolares. Siempre acaba sorprendiéndote. A pesar del lamentable estado en el que se encuentra –inadmisible para una ciudad con semejante riqueza arqueológica– atravesar las puertas del castillo supone viajar a otra realidad.

 

Vistas del castillo de Sagunto

El castillo de Sagunto

 

Quizá la visita tenga más de contemplación romántica de las ruinas y los paisajes que de didáctica, ya que no abundan las explicaciones. Sin embargo, en los últimos años se han dado pasos importantes para la divulgación del patrimonio saguntino, como la apertura de la Casa dels Berenguers (centro de recepción de visitantes) y, recientemente, de los yacimientos de la Via del Pòrtic y la Domus dels Peixos.

Sagunto, a pesar de todo, seguirá siendo Sagunto.

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