El nuevo Museo Arqueológico Nacional: tres verdades y una mentira a medias

El sábado por la tarde decidí mover mis carnes pétreas por el recientemente inaugurado Museo Arqueológico Nacional (MAN). No tenía grandes expectativas puestas en él, pues ya había leído algunas críticas no demasiado positivas. Pero, como en todo, una tiene que conocer de primera mano para poder crearse una opinión.

La cuestión es que después de dos horas recorriendo gran parte del museo, llegué a la siguiente conclusión: el MAN encarna tres verdades y una mentira a medias.

Primera verdad: es un museo. Correcto.

Segunda verdad: es arqueológico. Hasta aquí todos de acuerdo.

Tercera verdad: es nacional. Ésta es, sin duda, la verdad más grande de todas. Porque el nuevo MAN pretende, básicamente, mostrar las glorias de España. Y esto no es nada nuevo. De hecho, es bastante viejo. Los museos arqueológicos nacionales surgieron en Europa a partir del siglo XVIII y, sobre todo, durante el XIX como auténticos depósitos de la memoria nacional: se trataba de mostrar a la gente lo antigua que era la nación, sus grandes logros, sus capacidades artísticas y técnicas. Los objetos se convertían en auténticas reliquias dignas de veneración.

 

Imagen antigua del Museo Arqueológico Nacional de Madrid

El MAN en sus tiempos mozos

 

A pesar de que en nuestros días el discurso de estos museos se ha hecho más científico, todavía pervive un componente marcadamente nacionalista, aunque por supuesto no es tan evidente como en décadas pasadas. El MAN es buena muestra de ello.

Más allá de las explicaciones de cuestiones como la vida en la prehistoria, el desarrollo de la domesticación o los contactos con los pueblos del Mediterráneo, por citar algunos ejemplos, el planteamiento básico del museo es presentar toda esa historia como un proceso en el que la idea que hoy tenemos de España está siempre latente.

Así, por ejemplo, los mapas que aparecen a lo largo del museo, ya sea en la prehistoria o en la época medieval, reproducen la imagen estereotipada de España que estamos acostumbrados a ver en nuestro día a día –por ejemplo en la predicción del tiempo de la TV–, incluyendo el recuadro con las Islas Canarias, mientras otras áreas que han tenido una gran trascendencia en los intercambios culturales, como el norte de África, aparecen neutralizadas, como totalmente ajenas al proceso.

El museo trata de ofrecer una imagen casi inalterable de España, explicando las diversas culturas que han pasado por el territorio pero siempre ciñéndose a unas fronteras. De hecho, el inicio del recorrido nos recibe con una frase lapidaria que es una auténtica declaración de intenciones: «España, un gran yacimiento».

En relación con todo esto está la mentira a medias que nos falta por desvelar: la de que sea un museo nuevo. Evidentemente lo es, pero sólo en apariencia. Ni el diseño arquitectónico, ni los audiovisuales ni otros recursos museográficos con cierto interés consiguen camuflar la evidencia: el nuevo MAN es un museo clásico con un lavado de cara. Muchas piezas de gran calidad, muchos tesoros y hallazgos impactantes, pero las explicaciones de los procesos sociales quedan en un segundo plano.

 

Sala del Museo Arqueológico Nacional de Madrid

El MAN después de quitarse las legañas

 

La pregunta entonces es: ¿a qué se debe tanto éxito? Porque, eso sí, el museo sigue estando a rebosar. Yo lo veo bastante claro: conforme están planteados los museos hoy en día en España, la gente no se para a leer los contenidos porque los textos resultan poco atractivos y a menudo están cargados de tecnicismos. ¿De qué me sirve que junto a una pieza de sílex ponga “raedera” si no sé lo que es ni para qué servía?

La reacción ante la incomprensión suele ser deambular por el museo, mirando de aquí para allá, parándose sólo en aquellas vitrinas que más llaman la atención. En el MAN esto se hace inevitable por dos motivos: primero, porque es enorme, y por tanto resulta imposible prestar atención a toda la información; segundo, porque tiene unas colecciones realmente espectaculares que lo hacen más que atractivo. A esto, además, hay que añadir el factor novedad: tras muchos años cerrado, la noticia de su reapertura ha sido muy esperada, y se ha sabido jugar muy bien con algunos elementos-reclamo, entre ellos, cómo no, la Dama de Elche.

En resumidas cuentas: el nuevo MAN es, más que nada, una exhibición continua de tesoros y piezas singulares, carente de un discurso verdaderamente organizado y atractivo que lo sustente. Y precisamente por ello, creo que cumple a la perfección su misión: la de ser un museo nacional, de los de antes, de los de siempre.

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