Fornasetti: rediseñando lo clásico

Gremio de diseñadores y artistas aparte, es probable que al común de los mortales –al menos a los no italianos– el nombre de Fornasetti suene más bien a poco. Pero no os dejéis llevar por las primeras impresiones: aunque suene a marca italiana de cafeteras, tras su nombre se esconde una gran mente creativa del siglo XX.

Por decirlo de manera monda y lironda, Piero Fornasetti fue una suma de diseñador, artesano, pintor, impresor, decorador de interiores, escultor y coleccionista, nacido en Milán en 1913. Vamos, que sabía un poco de todo lo que tenía que ver con las artes plásticas, aunque ni siquiera él mismo se reconocía en ninguna de esas categorías.

Las biografías cuenta de él que aprendió el oficio de manera autodidacta, a través de la lectura y de su propia imaginación. Y que fue un espíritu libre. De hecho, fue expulsado de la Academia de Brera por insubordinación. «No me enseñaban lo que quería aprender», decía. «No me enseñaban a dibujar el desnudo». Para Fornasetti el desnudo era la clave para poder dibujar cualquier cosa, desde un palacio hasta el motor de un automóvil.

Lo cierto es que creó un universo propio con un estilo bien reconocible, en el que se alineaban los referentes clásicos y la modernidad de su tiempo, la fantasía y el rigor de la práctica creadora; la follia prattica (locura práctica), con la que a menudo se ha definido su trabajo. Aunque tampoco para su obra le gustaba hablar de etiquetas ni estilos.

Lo que es indudable es que su producción recoge una clara influencia del mundo grecorromano, en el que Fornasetti reconocía el origen del diseño. Por eso solía decir que «los términos Renacimiento, Clasicismo, no existen. Son erróneas, como lo son Neoclásico, Barroco. Son invenciones. Existe el buen diseño».

Trabajó sobre todo con mobiliario y menaje doméstico, decorándolos y convirtiéndolos en piezas singulares. Su obra más icónica es, seguramente, Tema e variazioni, una colección de platos cerámicos decorados con hasta quinientas variaciones del rostro de la soprano Lina Cavalieri, a quien descubrió a través de una revista francesa del siglo XIX. Entre ellas, hay unas cuantas referencias a la Antigüedad.

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Introdujo las formas y lenguajes propios de la arquitectura clásica (frontones, columnas, esculturas, muros almohadillados) en sus colecciones de muebles, incluyendo la famosa serie Architettura o  las sillas con respaldos en forma de capiteles.

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E imprimió una pátina de grecorromanidad en objetos de lo más comunes, ya fueran paragüeros, tazas, ceniceros, jarrones o bicicletas.

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Incluso trabajó otros formatos y materiales, como el tejido –su fular de obeliscos llamó la atención del renombrado arquitecto Giò Ponti en la Trienal de Milán de 1933, con quien trabajaría en más de una ocasión–, y mostró sus habilidades como diseñador de interiores en la decoración de edificios como el Palazzo Bo de Padua, el Casino de San Remo o la Pasticceria Dulciora de Milán.

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Además de la escultura y la arquitectura clásica como ideal, Fornasetti defendía la belleza del paisaje de la ruina y, curiosamente, la de los gatos que se integraban en él –si habéis estado en Roma, sabréis a qué se refería. Hace relativamente poco tiempo, en 2018, en el Palazzo Altemps de Roma tuvo lugar una exposición que precisamente hablaba de ese y otros diálogos entre la obra de Fornasetti y el pasado clásico.

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Por suerte, el singular y casi onírico universo visual de Fornasetti, quien afirmaba dibujar a partir del recuerdo y no de la realidad, continúa hoy vivo y se perpetúa gracias al trabajo de su hijo Barnaba Fornasetti.


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