Consejos medievales para una pandemia

De todos los inconvenientes que conlleva un confinamiento como el que estamos padeciendo, yo destacaría dos especialmente molestos: el dramatismo en streaming de la generación millenial y el bombardeo de información acerca de lo que podemos y no podemos hacer. Para el primero no hay solución; para el segundo, en cambio, sí.

Entre los comunicados oficiales, los influencers iluminados, los consejos de la abuela, la providencia del vecino, los fake news vía WhatsApp y lo que buenamente consigue hacer llegar el personal sanitario, una ya no sabe si se viste para ir al supermercado o a los bajos fondos de Chernobyl.

Pero eso se acabó. Ha llegado el momento de dar un portazo a las angustias sobre el protocolo pandémico. En un gesto de total filantropía, he indagado en las fuentes para saber cuáles son los remedios infalibles ante una pandemia de proporciones apocalípticas. Y, como siempre, las mejores respuestas están en el pasado.

El triunfo de la muerte, por Pieter Bruegel el Viejo, s. XVI.

Todo el mundo ha oído hablar alguna vez de la Peste Negra. Aunque os suene más a argumento de novela histórica o a serie de televisión, la cosa es bastante seria: en menos de una década (1346-1353) esta peste devastó Europa y una parte de Asia, acabando con al menos una tercera parte de la población. En algunas regiones, según se ha calculado, la mortalidad pudo llegar hasta el 70%.

Las responsables de todo aquel jaleo fueron las ratas o, mejor dicho, las pulgas que viajaban en ellas. Pero tampoco es cuestión de quitarle mérito a los humanos: entre la falta de higiene, la mala alimentación y que les pillaba un poco en bragas, aquello fue una auténtica orgía para la bacteria Yersinia Pestis. 

La rata, la mejor amiga del hombre, en una miniatura del Speculum Historiale, s. XV.

Podéis imaginaros la congoja y el estrés que debió producir la pandemia en la sociedad bajomedieval, totalmente ajena a Twitter y al teletrabajo. A pesar de todo, la imaginativa medieval puede iluminarnos en nuestro retiro forzoso. Os parecerá osado tomar nota de los remedios que pusieron en práctica unas personas que creían que la peste la había provocado el enfado de Dios, una conjunción planetaria e incluso los judíos. Pero, oye, por probar, que no quede.

Así que hoy os traigo el ranking de las propuestas medievales más disparatadas para afrontar una pandemia:

1. Hacer sangría

Seguramente a algunos jóvenes universitarios les estén haciendo chiribitas los ojos. Pero no, amigos y amigas Erasmus: la sangría era otra cosa. La idea tenía su lógica. Si la enfermedad estaba en la sangre, ¿por qué no extraer unos litritos para purgar el cuerpo? Unas veces se ayudaban de sanguijuelas, otras recurrían al tajo limpio –es un decir–. El problema es que a veces se les iba de las manos y hacían, valga la redundancia, auténticas sangrías que empeoraban bastante la situación.

Sangría happy hour en Li Livres dou Santé, s. XIII.

2. Oler flores

Era creencia común que la peste se contagiaba a través del aire corrompido, así que había que evitar a toda costa frecuentar sitios inmundos y las atmósferas cargadas. Como esto debía resultar poco menos que una gymkana en una ciudad medieval, una buena manera de contrarrestar su efecto era oliendo flores y quemando maderas y plantas aromáticas. Al final resultará que el ambiente pachuliesco de nuestras ferias medievales no iba tan desencaminado.

3. Bañarse poco

«¡Vaya novedad!», pensarían los campesinos. Pero esa era una de las recomendaciones de los médicos de la época, porque consideraban que el baño abría los poros de la piel y le facilitaba el acceso a la peste. Lo que sí venía muy bien era hacerse un baño checo con orín del vecino no infectado –hoy todavía existe la orinoterapia, así que no seáis condescendientes– y lavarse las manos con frecuencia (¡Eh! ¡Choca esos cinco, Medievo!).

Miniatura de la Biblia de Toggenburg, s. XV. 

4. Pasar hambre

«¡Vaya novedad!», dirían de nuevo los campesinos, mosqueados. Además de ser comedidos en las cantidades, convenía evitar carnes grasientas y pescados viscosos. La apuesta segura eran las verduras, los frutos secos, las especias, alguna carne siempre y cuando no oliese mal y, por encima de todo, el vinagre; había que aliñar todo con vinagre; hasta el propio cuerpo, si era menester.

5. Llevar ropa fresquita

Como la sangre no debía calentarse más de la cuenta para no empeorar la situación, la prescripción era clara: nada de ejercicio extremo, relaciones sexuales las justas y ni hablar de ropajes calientes y ajustados.

La Danza de la Muerte, de Michael Wolgemut, s. XV.

6. Tomar polvo de esmeraldas

El remedio favorito de los excéntricos cortesanos. ¿Acaso la peste debía hacerles perder el glamour? No y no. Unas esmeraldas bien machacaditas, mezcladas con un poco de vino o con el faisán en salsa de arándanos… y adiós a la epidemia. Ahora, que si conseguían sobrevivir, igual luego les tocaba afrontar alguna fisura intestinal.

7. La flagelación

Cualquier penitencia era buena para minimizar el efecto de los pecados y apaciguar la ira de Dios.

El club de los flagelantes en una miniatura de Gilles Li Muisis, s. XIV.

8. Abrir las bubas

De las distintas formas en que se manifestaba la peste, parece que la más habitual fue la bubónica. A los contagiados les salían abultamientos (bubas) del tamaño de un huevo de gallina en las zonas ganglionares del cuerpo. ¿Qué mejor que seccionarlas, percibir su fétido olor y aplicar un ungüento a base de raíces, resinas, flores y excrementos humanos?

9. Huir a las segundas residencias

Los ricos siempre han ido por delante. Por eso, en caso de brote, lo mejor era cerrar el palacete urbano a cal y canto, coger lo indispensable (modelitos para el countryside, joyerío, sirvientes, alimentos, caballos, perros falderos, amigos íntimos, la Biblia) y escapar a la segunda residencia en el rural. Visto lo visto, en esto tampoco hemos cambiado tanto.

En la villa la peste se pasa mejor. ‘A tale from the Decameron’, Waterhouse, 1916.

10. El método Vicary

Que me perdonen las víctimas de la Peste Negra, pero frotar pollos vivos contra las bubas de los apestados debió resultar más cómico que otra cosa. Con esta sofisticada técnica se esperaba que el animal absorbiese el mal por contagio y liberase al humano de su enfermedad.

Pollo a la espera de su fatal destino, según una miniatura medieval.

Hubo otras medidas más bien poco éticas, como asaltar comunidades judías, consideradas por muchos como las verdaderas causantes de la catástrofe. Pero, al final, cabe suponer que las más efectivas fueron las que activaron los poderes municipales a través del confinamiento, aunque tampoco había mucho que hacer dada la virulencia de la peste.

Os diré, eso sí, que el concepto de cuarentena tan en boga estos días viene precisamente de esta época: tras los estragos provocados por la pandemia, se comenzaron a tomar en serio las medidas de precaución ante nuevos brotes, y una de las más habituales fue la del aislamiento forzado durante cuarenta días.

¿Veis como, en el fondo, sí que hemos aprendido del pasado?

PD: no practiquéis ninguna de las medidas en casa sin la presencia de un especialista.

#YoMeQuedo