Altamira vs El Cogul: independentismo, españolismo y pinturas rupestres

A principios de este mes me topé en las redes con una imagen que, así de primeras, me pareció un montaje. Era el cartel de la Diada catalana de este año. Y pensé, de verdad, que no era el cartel oficial sino una especie de meme del todo guasón.

 

Pero, para mi sorpresa, estaba muy equivocado. Ese era el cartel oficial. Y creedme, no me estoy metiendo para nada con el diseño, que me parece muy bien, ni muchísimo menos con lo que anuncia. Lo que llamó mi atención fue el mensaje: la fiesta nacional catalana, celebrada anualmente para conmemorar la defensa de Barcelona durante la Guerra de Sucesión, aparecía asociada a las pinturas levantinas de la Roca dels Moros d’El Cogul, en Les Garrigues (Lleida), datadas más o menos hace 7.000 años.

 

Cartel Diada Nacional Catalunya 2015 pinturas rupestres El Cogul

 

Vale, podéis pensar que hilo demasiado fino y que, en realidad, simplemente se está mostrando una de las muchas evidencias del rico patrimonio histórico que forma parte de la actual Cataluña. De hecho, en la nota de prensa se habló de la importancia de este enclave, declarado Patrimonio de la Humanidad –como cualquier cueva o abrigo con arte levantino– y de la necesidad de proteger el patrimonio frente a las agresiones que está viviendo en otras zonas, con alusión directa a Siria e Irak. Vale.

Pero, hablando con claridad: el mensaje es doble, y al tiempo que se celebra el patrimonio, se pone en relación la nación catalana con la prehistoria, como si en aquel momento ya hubiera, de alguna manera, catalanidad. Es más, en la mencionada nota de prensa se dijo que esas pinturas son «una de les primeres representacions artístiques de la col·lectivitat a Catalunya». Hablar de colectividad es una manera sutil de referirse a ello, porque hubiese sido demasiado cantoso y poco riguroso hablar directamente de nación. Porque, que quede claro: la nación conforme la entendemos hoy en día es cosa del siglo  XIX; de finales del XVIII estirando un poco. Claro que la palabra existía antes, y de hecho la inventaron los romanos; pero el sentido era bien distinto al que conocemos.

La cuestión: en momentos políticamente delicados como el que se está viviendo con motivo de las demandas de independencia de Cataluña, el pasado siempre asume un papel protagonista porque sirve para legitimar realidades del presente. Se trata de decir «yo soy el más antiguo» o «yo existo antes que tú» y, por tanto, «mis decisiones están más que justificadas». El problema es que querer ser “el más más» suele conducir a manipulaciones históricas, de manera que la historia acaba amoldándose a intereses partidistas.

 

Viñeta El Roto Historiador tu patria te necesita

 

Quizá en estos momentos algunos estéis asintiendo y pensando: «¡cómo son estos catalanes!». Pues lo siento: esto no lo han inventado ellos. Y de hecho el nacionalismo español es bastante experto en hacerlo. La diferencia es que como está tan asimilado, porque nos lo dan hasta en la sopa, al final acaba pasando desapercibido. Es como las personas que criminalizan los nacionalismos catalán y vasco y, sin embargo, son incapaces de darse cuenta que también ellas son nacionalistas, pero en versión española. El problema es que lo español se considera lo normal, y «los otros» como lo no-normal. Lo anormal, vaya.

Un solo ejemplo dejará más que clara la correspondencia con el caso concreto con el que hemos empezado este post. ¿Cuántas veces hemos oído hablar de las pinturas rupestres de Altamira como primera manifestación de lo español? ¿Y Atapuerca como cuna de los primeros españoles?

Aunque los nacionalismos europeos –incluido el español y el catalán– siempre han buscado su origen en las culturas prerromanas, como los iberos, los celtíberos, los galos o los etruscos, pues son culturas con características bien definidas y con nombres conocidos, la rehistoria, a pesar de ser más “universal” y, por tanto, menos compartimentable en “naciones”, siempre ha resultado muy apetitosa porque representa lo más antiguo, lo más lejano y consecuentemente lo que más legitimidad da. Y en el juego de la prehistoria todos los nacionalismos han querido participar.

Seguramente en estos días hayamos visto –y vayamos a ver– multitud de usos del pasado para dar argumentos a favor y en contra del proceso soberanista catalán. Y, ¡ojo!, vaya por delante mi respeto a que cada pueblo decida sobre su futuro. Eso sí, no en nombre de un pasado manipulado. La independencia o la unidad española deben defenderse con argumentos actuales, con una voluntad real de construir un proyecto común, y no escudándose en que llevemos juntos o separados nosecuántos milenios.

Ni los bisontes de Altamira ni las danzantes del Cogul tienen la culpa. Para eso, mejor dejarlos donde están.

 

Montaje balcón Ajuntament Barcelona con bandera España e independentista y figuras Altamira y El Cogul