Masada: de Roma al Big Mac

La luz del atardecer recorta con nitidez la silueta de la fortaleza y la enmarca en un estallido de malvas y naranjas. Se impone un silencio solemne. Tanto, que casi pueden adivinarse los lamentos de los últimos rebeldes de Judea, aquellos que decidieron suicidarse antes que rendirse a los romanos. Nada puede perturbar este momento de conexión espacio-temporal, nad…

–¿Patatas Deluxe o normales?

–¿Perdón?

–Las patatas. Que si las quieres Deluxe o normales.

–Ah, sí, perdona. Nor… normales.

–Por 60 céntimos más tienes el menú grande.

–No, gracias. Así está bien.

Mirándolo por el lado positivo, seguramente este sea el McDonald’s con mayor solera arqueológica de todo el mundo. Puedes pedirte tu BigMac con Coca-Cola, salir con la bandeja a las mesas del exterior –donde el aire del desierto de Judea secará todavía más tus lonchas de beicon– y, desde allí, contemplar las imponentes ruinas de Masada. Sí, esa renombrada fortaleza próxima al Mar Muerto, que una vez fue residencia del rey Herodes y hoy es uno de los destinos turísticos más populares de Israel.

McSada, el McDonald’s de Masada.

Comer global y sentirte atemporal. Y todo por el módico precio de 8’90€. Un poco más si te pides un MacFlurry de postre. Lo que no sabes es que mientras te chuperreteas los dedos pringados de grasas saturadas a la sombra de la fortaleza, estás haciendo un ejercicio de cinismo histórico. Y es que no es la primera vez que Masada sucumbe al imperialismo.

Allá por el siglo I d. C., el hambre de poder había llevado a Roma a convertir la región de Judea (parte de las actuales Israel y Palestina) en una más de las provincias del Imperio. Pero a algunos judíos no les hacían ni pizca de gracia los aires de superioridad de la metrópolis, así que encabezaron una revuelta que desembocó en un guerra bastante cruenta. Todo debió comenzar así:

Masada fue el último bastión de la resistencia judía frente a los romanos. Y según cuentan algunos textos antiguos, sus habitantes, desesperados, prefirieron suicidarse a ser esclavizados. En esto último –todo sea dicho– hay mucho de mito. Es más, seguro que eso de la lucha heroica y el sacrificio frente a los romanos os sonará de otros lugares; Numancia o Sagunto, sin ir más lejos.

Lo cierto es que a Israel le ha venido bastante bien perpetuar ese mito para legitimar su propia trayectoria histórica. Ya sabéis, aquello de «nuestro espíritu de resistencia es milenario». Por eso las autoridades israelíes han invertido tantos recursos en recuperar y dar a conocer Masada. Es un símbolo, un lugar de memoria.

Vista aérea del yacimiento arqueológico de Masada.

Paradójicamente, el símbolo de la resistencia frente al imperialismo de las sandalias y la toga volvió a caer en manos de una fuerza globalizadora en 2011, con la apertura de un McDonalds a las puertas de la fortaleza. El acontecimiento despertó no pocas críticas entre locales y foráneos, pues parecía romper la sacralidad de un lugar tan significado.

¿Qué dirían los pobres defensores de Masada si levantaran la cabeza? Pues seguramente «I’m lovin’ it». ¡Qué remedio! Porque, puestos a cobrar, mejor a base de tarjetazo que de mamporrazos.

Así que piensa en ello cuando esparzas el ketchup sobre esa adictiva hamburguesa doble.

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