Terrorismo patrimonial

Después de los vídeos decapitando a rehenes vestidos de naranja, la nueva ofensiva intimidatoria del ISIS ha consistido, ni más ni menos, que en la destrucción intencionada de parte del patrimonio arqueológico iraquí.

Los restos del pasado no hablan por sí solos. Son –siendo abierta y fríamente sinceros– trozos de piedra y barro que son revestidos de significados desde el presente. Es decir, lo que hacemos es integrarlos en nuestros sistemas de valores, de ahí que, en general, busquemos su protección, ya sea porque tiene un valor estético, porque representan la identidad de un lugar, porque están asociados a un episodio histórico destacado… y por muchos otros motivos más.

Pero el hecho de que seamos nosotros mismos quienes construimos los significados y los valores de esos objetos implica que también se den visiones enfrentadas. Es más, lo habitual es que el patrimonio genere conflictos por las distintas maneras de entenderlo, solo que ese conflicto no tiene por qué manifestarse de manera violenta. Sin embargo, en ocasiones los posicionamientos extremos dan un paso más e inducen a cometer verdaderas atrocidades con el patrimonio.

Ayer dieron la vuelta al mundo las imágenes de unos seguidores del Estado Islámico destruyendo piezas arqueológicas del museo de Mosul (Irak). El video es verdaderamente impactante, y no creo que nadie sea capaz de verlo sin sentir, como mínimo, rabia e impotencia. De hecho, hasta ayer nunca había visto a tantas personas en Facebook y Twitter manifestando su opinión sobre un tema relacionado con el patrimonio arqueológico.

 

 

Piezas procedentes de toda la provincia de Nínive, riquísima arqueológicamente hablando, son desfiguradas, golpeadas y arrojadas al suelo a base de mazazos. ¿El motivo? Los seguidores del Estado Islámico, salafistas, creen que la valoración de estatuas y tumbas antiguas es síntoma de idolatría, algo contrario a su fe, por lo que consideran que toda representación previa al Islam debe ser destruida.

Bajo su punto de vista, esos restos no tienen ningún valor cultural, mientras que para buena parte del resto de la humanidad esos objetos representan el origen de la civilización y tienen, por tanto, un altísimo valor cultural, histórico, artístico y sentimental. No es casualidad, de hecho, que buena parte de los yacimientos arqueológicos iraquíes que se están viendo afectados por el conflicto tuvieran la declaración de Patrimonio de la Humanidad.

 

ISIS DAESH desfigurando el rostro de un toro alado de Nínive

Uno de los toros alados del museo con el rostro totalmente desfigurado

 

En gran medida ahí subyace la importancia de la destrucción, pues es parte del mensaje que el Estado Islámico quiere transmitir: mostrar con claridad el menosprecio a la civilización occidental a través de acciones de un gran poder mediático con capacidad de escandalizar al mundo entero, y confirmar así que la cosa no va en broma.

Está claro que no nos hemos tenido que esperar a esto para saberlo. Cientos de personas han sido asesinadas por no compartir sus ideales en escarnios públicos escalofriantes. Lo de destruir patrimonio es una parte más de esa depuración religiosa y étnica que están llevando a cabo, y desde luego no más importante que la muerte de personas. Pero, aún así, resulta del todo despreciable.

Evidentemente esto no lo han inventado los salafistas del Estado Islámico. A lo largo de la historia de la humanidad, los momentos de conflicto han venido acompañados de una destrucción sistemática de elementos simbólicos y de lugares de memoria. En los conflictos recientes muchas veces han sido los museos y las bibliotecas las víctimas más recurrentes, junto a edificios o espacios emblemáticos. Es una manera de fomentar la amnesia, de borrar un pasado no deseado, aunque parece lógico pensar que en la sociedad de la información, este tipo de acciones tienen más de efectistas que de pretensión real de eliminar la memoria.

Tampoco podemos olvidar la vertiente económica. La venta de antigüedades es una vía habitual de financiación de estos grupos terroristas, y la riqueza arqueológica de los países del Oriente Medio hace que coleccionistas de todo el mundo se froten las manos ante este tipo de acontecimientos.

Ya pasó, por ejemplo, cuando las tropas norteamericanas entraron en Bagdad en 2003. A pesar de que se presuponía que debían proteger lugares de gran valor como el Museo Nacional y algunos sitios arqueológicos, consideraron que era más provechoso controlar otro tipo de yacimientos, los de petróleo, por lo que miles de piezas sumerias, babilonias y asirias fueron robadas y otras tantas destruidas. En muchos casos, además, mediante acciones bien planificadas y con conocimiento de causa. Pero quizá aquello, aunque también armó revuelo, no interesaba que se supiese.

 

Soldados estadounidenses en el Museo Nacional de Bagdad

Soldados estadounidenses en el Museo Nacional de Bagdad

 

En definitiva, este tipo de desagradables acontecimientos nos hacen ver, una vez más, el gran potencial que tiene el patrimonio para encapsular identidades y para convertirse en objeto de manipulación ideológica. Unas veces se consigue a través de su ensalzamiento y otras, como es el caso, a través de la destrucción.

Pero no lo olvidemos: esto no solo lo hacen «los malos». Aunque de manera más velada, en todas partes se viven episodios de violencia patrimonial por cuestiones ideológicas, solo que al no tratarse de una destrucción explícita, muchas veces acaban pasando desapercibidos. Pensemos en ello. Lo tenemos más cerca de lo que pensamos.

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