Justin Bieber el patrimonializador

Hace unos días las redes sociales se hicieron eco del nuevo escándalo protagonizado por uno de los personajes más mediáticos de este lugar llamado mundo: Justin Bieber. El cantante canadiense acumula a su corta edad (21 años… ¿ya?) un considerable repertorio de altercados de dimensiones nada desdeñables, que incluso han llegado a convertirse en asunto de Estado

 

En esta ocasión, sin embargo, la polémica afecta de manera directa a Piedra, y no porque me haya visto inmiscuida –que ojalá– sino porque el detonante ha sido el patrimonio arqueológico. Y ya sabéis que los devaneos del mundillo de la farándula con el pasado son siempre fuente de inspiración.

Pero vayamos a los hechos. Al parecer, Justin estaba pasando unos días de vacaciones en la Riviera Maya con algunos amigos y familiares y con su nueva novia, Hailey Baldwin. Como todos sabemos, unas vacaciones en la Riviera no son 100% auténticas si no incluyen la visita a alguno de sus impresionantes yacimientos arqueológicos mayas. De otro modo sería Riviera, pero no Maya. Y Justin no iba a dejar pasar la oportunidad de hacerle justicia al lugar.

 

Justin Bieber visitando los restos arqueológicos de Tulum México

Justin (sí, el de blanco con el sombrero azul que parece un poco despistado) y su grupete en Tulum 

 

Lo cierto es que el joven cantante entró al recinto arqueológico de Tulum con mal pie. Ya de primeras no quiso deshacerse de la lata de cerveza con la que venía acompañado y trató, sin mucho éxito, de que los turistas fueran evacuados para poder disfrutar con total tranquilidad e intimidad de un entorno tan paradisíaco. Pero el punto álgido de la polémica vino cuando, por culpa de un subidón de testosterona, decidió escalar unas ruinas y quedarse en ropa interior para hacerse algunas fotos y subirlas a Instagram.

Sus actos provocaron un aluvión de comentarios y rifirrafes en los medios, despertando todo tipo de reacciones. Pero yo tengo una cosa muy clara y es que, en realidad, lo que se produjo en Tulum no fue un conflicto CON el patrimonio, sino un conflicto ENTRE patrimonios. Dos patrimonios globales, para ser más exactos. Por un lado, un parque natural con restos arqueológicos que representa una de las joyas de la Riviera Maya.

 

Restos arqueológicos de Tulum

Yacimiento arqueológico de Tulum, en Quintana Roo, México

 

Por otro lado, un cantante canadiense de lo más ñoño que a sus 21 años de edad se ha convertido en una de las personas más seguidas y adoradas –y, también odiadas, dicho sea de paso– del mundo. Con más de 73 millones de seguidores en Twitter y más de 17 en su canal de Youtube, sus discos alcanzan ventas astronómicas y en 2015 ha conseguido desbancar a los Beatles como grupo con mayor número de canciones en la Billboard Hot 100. Justin Bieber, patrimonio del siglo XXI construido y sostenido por millones de fanáticas beliebers.

Justin, el terror de las nenas

 

Y claro, el encuentro directo entre dos patrimonios globales solo puede tener dos salidas: o final feliz o, más fácilmente, competencia desleal. Lo que viene siendo una pelea de gallos, vamos. Lógicamente Justin no se iba a dejar eclipsar por la sombra de los restos mayas, y la mejor manera de conseguirlo –según pensó él– fue sobreponerse a esos restos, literal y figuradamente. Pero no juzguéis con tanta rapidez. Lo que realmente estaba haciendo Justin Bieber era generar su propio proceso de patrimonialización de las ruinas mayas. Se estaba apropiando de ellas, haciéndolas suyas, llevándoselas a su terreno.

El yacimiento arqueológico de Tulum se convirtió en un escenario exótico y reconocible por todos para una nueva chiquillada que, como él bien sabía, pronto se haría viral. Además, ser expulsado de un espacio patrimonial también tiene su aquél, ¿no? Una cosa es que te echen de un restaurante o de una discoteca, algo al alcance de cualquier famosillo de segunda o vieja gloria trasnochada. Pero ser expulsado de un yacimiento arqueológico mundialmente conocido… Eso son palabras mayores. De hecho, ¿a cuántos famosos les ha pasado esto? Pues, que sepamos, solo a dos: a Justin Bieber y a Beyoncé, que vivió algo parecido en Egipto, como ya vimos detalladamente en otro post. Las polémicas con el patrimonio de fondo siempre dan más caché.

Queriéndolo o no, lo que se ha armado ahora es una batalla patrimonial a escala global, y esas son las batallas más viscerales. Las beliebers luchan con uñas dientes para defender a su patrimonio más preciado, a quien justifican diciendo cosas como «Justin no puede saber las normas de todos los sitios a los que va» o «Sois unos amargados, todos hemos cometido travesuras» o «Simplemente estaba disfrutando de sus vacaciones». Por su parte, los mexicanos se lo han tomado como una ofensa a su cultura y a su historia y piden que el cantante se disculpe públicamente.

Lo único que espero es que la acción de Justin no despierte una reacción en masa entre sus seguidoras. Con eso de que es una de las personas más influyentes del mundo… ¿Os lo imagináis? Miles de beliebers escalando los muros de lo templos mayas, besando las piedras que Justin pisó durante su visita y posando en ropa interior para sus cuentas de Instagram. Dios nos coja confesados.

 

La invasión de las believers

 

Total, la moraleja de este post es la siguiente: Justin no debió haber pretendido beber alcohol ni infringir las normas del yacimiento arqueológico de Tulum –o de cualquier otro. Para eso ya están los turistas (y seguramente parte de los propios mexicanos).

En realidad todo esto solo ha sido una excusa para explicaros que el patrimonio es una construcción social y cultural del presente y que provoca todo tipo de conflictos, porque entran en juego intereses muy distintos. Creedme, Justin Bieber y sus chiquilladas son una buena metáfora de los procesos de patrimonialización.